Luego de casi medio centenar de días nuestro protagonista no ha logrado superar la etapa conocida como “viviendo en la maleta”, la cual se caracteriza por la ausencia total de o casi total de un lugar fijo para permanecer. Si bien, la intencion principal de esta travesía no era viajar, se ha mantenido como un auténtico viajero al continuar sin cama y sorteando las adversidades para encontrar un sitio donde lavar, dormir, comer y continuar con su rutina.
La maleta es la única (en realidad son varias) compañera de viaje permanente, físicamente hablando, claro está; por qué, pues porque en ella se siguen llevando todas aquellas cosas materiales requeridas, pero además es el símbolo de que se está viajando, es la manera de reconocer esa acción. Sin esta representación física es posible llegar a no notarlo, pasaría desapercibido ese estado de movimiento.
Afortunadmente para no olvidar que se sigue viajando y mantener la ilusión y esperanza intactas se cuentan con compañeros de viaje que no son tangibles. Los recuerdos; imagenes mentales, sonidos que se mantienen en la memoria, olores que se recrean o que de vez en vez acuden. Lo visual; referencias que viajan por gracia de la Luz, como las estrellas que mantienen al viajero en su rumbo.
Esta clase de compañía, a diferencia de la maleta, sirven al viajero y no a los observadores porque sabemos que los recuerdos permanecen sin importar que se agreguen otros o los viejos sufran nuevas asociaciones y también sabemos que las constelaciones siguen ahí aunque el cielo invernal sea diferente al que se mostrará en los próximos meses, por eso mismo estamos seguros que nuestro protagonista seguirá siendo protegido por las que le correspoden (nos referimos a las estrellas) y que seguirá viajando aunque deje de vivir en la maleta.