Resulta inevitable que esa tan bien lograda conexión entre artista y seguidor se refuerce en cada nuevo álbum, sobre todo con tanta autoreferencia o referencia a participaciones, sobre todo con tanta lengua popular y la aparente facilidad para lograr esa conexión músical por mera transmisión al cantar.
Cada nueva canción y cada nuevo disco se van nutriendo de la vastísima colección de canciones que los precede, cómo es natural, pero además de eso es más que explícita la referencia a otras canciones. ¿A qué me refiero? simple, a esas frases sútilmente deslizadas en los versos que son tomadas claramente de sus abuelas o hermanas canciones.
A manera de ejemplo y por si acaso no han sentido que el "Me dejaste el vestido y te llevaste el amor" en Te quiero igual los remite a algo más solo basta recordarles que justo Un vestido y un amor es el título de aquella cancioncita que alguna vez interpretó junto a Fito Paez y que lleva como frase más conocida "te vi, te vi, te vi, yo no buscaba a nadie y te vi". Y también nos recuerda el "ayer la tormenta cais me rompe el corazón, pero igual te quiero" de Algún lugar encontraré.
El "siempre viajando en un asiento de primera, el comandante de tu balsa de madera" en La parte de adelante, ¿es acaso una alusión a "navegando en una balsa de madera" en Por mirarte publicada poco más diez años antes? ¿seguimos? "no tengo más intenciones de seguir bebiendo de esta copa que no está tan rota" en Sin documentos, que se refiere a La copa rota. Podríamos llenar esta entrada de estos ejemplos, pero la intención va más allá, va en dar cuenta de lo que se logra con estas referencias cruzadas.
Este juego hace del Cantante un maestro conector. Transmite y nos conecta con situaciones y nos hace sentirlas aun cuando no las hayamos vivido, pero al mismo tiempo enlaza caminos neuronales previamente creados con nuevos caminos, enmarañando nuestra mente y fortaleciendo los recuerdos y sensaciones, aumentando el gusto (o disgusto) por su música.
De manera planeada o como casual consecuencia de ese intento de decir la verdad aun con mentiras, de esa honestidad brutal, de ese intento de escribir el rock de los vicios (¿con gin tonic?), de envenenarse, de entregarse al vino (porque el mundo lo hizo así), de encontrar musas (¿en Mardi Grass?), de ese abril sin febrero, de costumbres argentinas, de querer arreglar todo lo que hizo mal, de reinterpretar a los grandes, de pedir deseos cada que pasa un tren, de ciudades que se quedan solas, de sentir alguna vez lo que es tener el corazón roto, de lo que sea, pero Andrés Calamaro nos deja en los sentimientos y pensamientos un tejido tan entrelazado que lo mantiene en nuestra preferencia, que le conserva el título de El Cantante.
--
Nota: Me encomendaron cubrir la presencia de Andrés en un teatro de la Ciudad de México, el resultado quizá no fue el esperado. No me gustan las reseñas de concierto porque mientan, porque todo se resuelve en 30 líneas; por eso te pido lector desconocido, si ves a mi inspiración perdida, la traigas por aquí, la traigas por aquí...